Justo en vísperas del día de los Santos Inocentes apareció en un portal de una finca del Barrio de Salamanca un bebé abandonado a las pocas horas de nacer. Ese el retrato de un año mal aprovechado por una humanidad que ha perdido su norte.
No me conformo con la desenfrenada búsqueda de culpables para todo lo sucedido en un año desperdiciado. Me exijo reconocer lo que he contribuido hacia la pérdida de un precioso tiempo en este 2009.
En ese mare magnum de despropósitos en una loca carrera hacia objetivos económicos, la mayoría nos hemos olvidado valorar lo realmente esencial - la búsqueda de quimeras éticas que giran alrededor del talento, propio y ajeno.
2009 ha marcado el valle de una crisis que solamente se ha visto desde una de sus caras, la económico-financiera. Nadie parece querer ampliar sus miras hacia lo que verdaderamente ha entrado en crisis – el propio ser humano en su concepción de lo prioritario y su falta de sensibilidad en la percepción de la verdadera meta al convivir en un entorno.
El consumismo y la ambición en tándem han conducido a casi todos a emprender una carrera desenfrenada más allá de las posibilidades individuales y el talento de cada uno. Esa ha sido la interpretación errónea de la competitividad en el ejercicio de las competencias en esta primera década del Nuevo Milenio.
Digo bien cuando afirmo que 2009 ha sido un año desperdiciado. Ni los líderes han sabido afrontar el problema con valentía, ni los políticos han renunciado a sus partidismos para unir esfuerzos, ni los empresarios han pensado en el bien común sino en el sálvese quien pueda, ni los directivos ni mandos han buscado mejorar sus habilidades, ni los sindicatos han sabido imponer sus criterios sociales, ni los trabajadores han potenciado su talento en el ejercicio de sus competencias.
Todos hemos languidecido con una huida hacia adelante sin saber muy bien de que pretendíamos huir o hacia donde nos encaminábamos.
La cuestión es que 2009 toca su fin y la crisis no ha desaparecido. El paro ha seguido su escalada y habrá para rato antes que regrese a niveles de antaño. Y los líderes mundiales, al ver los primeros aparentes brotes de recuperación ya han aparcado aquellos propósitos tan cacareados por nada menos que Nicholas Sarkozy de “la refundación del capitalismo” en la cumbre en Washington D.C. de la G-20 hace un año.
Tras otras dos cumbres (Londres y Pittsburgh) de ese grupo, supuestamente el nuevo foro dirigente de los designios de la economía mundial, no sólo seguimos sin resolver la crisis económica sino que hemos entrado en una crisis más profunda en lo que más cuenta – una crisis global de convivencia en un entorno internacional cada vez más dividido y proteccionista.
Sin ir más lejos, allí tenemos la miopía mundial en relación con el cambio climático.
Si verdaderamente queremos una solución de la peor crisis económica desde 1929, no podemos obviar que lo económico únicamente es un instrumento para gestionar el cambio de manos de la riqueza mal distribuida. No es el único fin para cual los distintos pueblos que habitan los cinco continentes de la Tierra viven sus vidas cotidianas.
La globalización ha abierto la veda para que hasta el menos favorecido pueda tener al instante todo la información de cualquier punto del planeta. ¿Por qué no se procede a emplear esa misma vía globalizada para hacer un más justo reparto de la riqueza?
Los países desarrollados tienen en su haber el conseguir mayor poder a través de la globalización a corto plazo pero tendrán en su contra la cada vez más acuciante situación de pobreza de la creciente población en los países sub-desarrollados o en vías de desarrollo. La pirámide se ha invertido. Hay más habitantes pobres en la Tierra que ricos.
Si no sabemos recuperar el tiempo perdido para trabajar hacia un mejor uso de la Naturaleza y protección del medioambiente, llegado un punto, el globo entrará en una situación de desequilibrio irreversible. Entonces la crisis ya no será meramente económica sino de convivencia.
Así han dado comienzo todas las revoluciones allá donde el poder olvidó que la fuerza está en el talento de la raza humana y no meramente en los ejércitos o la acumulación de bienes. Aquél que no lo vea, no merece gobernar los designios de planeta en este Siglo XXI.